Gran parte de la fama que ha conseguido el istmo de Tehuantepec a nivel internacional no ha sido solo por su incomparable vestimenta, sino también por el peculiar carácter de sus mujeres.
Desde mediados del siglo XlX, la mujer zapoteca del istmo ha sido objeto de admiración tanto por su belleza autóctona como por su idiosincrasia.
Desde la rebelión indígena en el siglo XVll, pasando por la benefactora Doña Juana C. Romero, y las que participaron en la época revolucionaria, las mujeres istmeñas han tenido una destacada presencia no sólo en la vida local sino como sello distintivo de otras etnias del país.
Se ha escrito mucho sobre el matriarcado istmeño por la fuerza que ha tenido la mujer para tomar decisiones dentro de la vida familiar, así como la enseñanza de valores como el trabajo, el respeto, la responsabilidad y la familia. Valores muy arraigados que han hecho que la mujer istmeña sea admirada por su trabajo y el saber administrar los bienes familiares.

Sin embargo, también existen contrapartes como el machismo tradicional, la violencia física y sexual, la discriminación y diversos factores que han hecho vulnerables a las mujeres.

Hoy en día, la mujer istmeña sigue manteniendo ese carácter altivo y orgulloso, pero lo que antes era prioritario, hoy ya no lo es tanto.
Las abuelas, trabajaban arduamente para comprarse un traje bordado, alhajas de oro, hacer una mayordomía o cumplir alguna promesa religiosa.
La mujer zapoteca del siglo XXl lucha por igualdad de oportunidades, un automóvil propio, tener grados académicos o alcanzar puestos gubernamentales o premios de deporte, arte o ciencia.
Podría decirse entonces que el ‘matriarcado istmeño’ es como se le conoce a la mujer istmeña por ser mujeres con carácter para tomar decisiones, llevar su vida familiar con valores heredados y con nuevas expectativas de vida donde la mujer siga teniendo libertad de conciencia.
