Apenas ha comenzado el cantar de los gallos y ya se le ha pedido a Lipe Sandia que suelte dos cuetes para anunciarle a la gente del pueblo que la ayudada ya va a comenzar.
Primero llegaran las vecinas y familiares, luego el resto de mujeres que ya lo deben.
A pesar de la escandelara, a pesar de un ir y venir de mujeres ataviadas con mandiles, se mantiene el orden. Hay una voz que dirige, hay una voz que instruye. Hay una sincronía dentro del desorden.
– Yo he ayudado desde que era una muchachita- dice tía Tomasa-. Hace “estojado” no es fácil, no cualquiera. Hay que tenè buena mano pa que salga ni muy dulce ni muy salado.
Cuando el contingente de mujeres se ha completado, comienzan a surgir las pláticas, los chistes y las risotadas. Risas desparpajadas, que cuando es tiempo de calma pueden oírse hasta el río o el canal. A las despampanantes risotadas las acompañan el “gar, gar, garrr” de los cholos que ni se imaginan que en diciembre ellos también seguirán el camino de las reses que hoy serán estofado.
Trozos de carne, frutas y un sinfín de condimentos se irán colocando capa por capa en la gran olla de barro. El movedor observa, espera su turno, sabe que durante toda la noche no dejara de mover hasta el fondo de la olla para que la carne no se pegue y se seque.
Las mujeres seguirán armando el entramado para llegar a confeccionar uno de los manjares más exquisitos de La Venta: el estofado.
Al día siguiente al son de la zandunga, cajete en mano, nos deleitaremos con el maná que el arte culinario de las mujeres de La Venta sabe hacer muy bien: el estofado.
*tomado del libro “Historias dispersas en La Tierra del Viento III/Acciona/2017
