El pez que cenó San Juan

Se pesca en las aguas del Istmo de Tehuantepec, cuando el sol de marzo convierte en ríos ilusorios los caminos y en la punta de la brisa flamea la canción de la cigarra, un pez pequeñito llamado en lengua nativa benda gudò apóstol. Mejor que la mojarra, sin plata ni rubí en las escamas, sino desteñido, cadavérico y apagados los ojos, la fantasía y la ternura zapotecas se valieron de él para crear una de sus leyendas sagradas.

 

Se dice que estaban una tarde un pescador llamado Juan y otros compañeros, sentados sobre el labio del mar. Agonizaba el día y consumidas sus carnes, se dijera que se le veían los huesos. Y, como en las festividades luctuosas del pueblo, unas sirenas se congregaron para hilarle un sudario con la espuma que las olas formaban en la orilla. El crepúsculo, rimado de golondrinas invitaba a la ensoñación. Mudos, los pescadores parecían atentos a un acontecimiento que oyeran venir.

Sobre la arena moría el fuego en que acababan de aderezar la cena: comía cada uno su porción de pesca mientras la noche crecía con un dedo sobre el labio. De pronto, de la garganta de la sombra surgió un grito. Un instante se vieron los rostros los pescadores, interrumpida la cena. El grito se repitió una y otra vez, hasta que uno de los pescadores respondió. Y por la senda que por la noche trazaban las respuestas, se llego hasta ellos un hombre diciéndoles que esa tarde había llegado Jesucristo a Juchitán. Y sabiendo que Juan ansiaba conocerlo, se había apresurado a llevarle la noticia. Dicen que de sólo oír el dulce nombre su hambre se detuvo y que un ímpetu de caminar le pobló los pies.

– Iré al pueblo – dijo Juan.
Y tomando el pez que cenaba, lo arrojo al mar. Como aquella noche era providencial, el pececito recobró la vida, propagando en el fondo de las aguas el milagro. Juan, juan convertido en pescador de hombres, fue, andando los días, el poeta de los Evangelios; y en las aguas istmeñas se multiplicó la pesca mutilada. Y ahora, en los mercados de Tehuantepec y Juchitán, se le agrega la compra de pescado durante la cuaresma. Y puede verse que por uno de sus costados, aquel que había comido el Apóstol, como a Jesús, le pueden contar las costillas.

*Tomado del libro: “los Hombres que Disperso la Danza”/Autor: Andrés Henestrosa/Edición conmemorativa de los 50años de su publicación y Bodas de Oro Literarias de su Autor/México 1977

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