Carne seca de venado

Neto González, yo, vivía en mi rancho, al norte de Niltepec y bajo los cerros de Los Chimalapas, desde donde notaba los malos tiempos por venir: las nubes espesas de octubre que se montaban sobre los cerros me indicaban el viento duro, y entonces procuraba estarme quieto en casa. Mi rancho, para mayor razón, se llamaba Pie de Banco.

 

Cuando alguien quería contarme algo, o cuando quería escucharme algo nuevo, iba hasta allá, a veces picándome un poco de que un tal Moonge sabía contar los mejores cuentos. Entonces yo decía “espérate tantito, cabrón, y veras”. Yo comenzaba con la primera ocurrencia, mientras masticaba carne seca de venado.

Y a propósito de venados, siempre miro hacia el monte. No me vas a creer cómo maté este animal que ahora como en seco. Me fui hacia un cantón que no te voy a decir, para que tú no vayas y me quites la suerte, es jun lugar debajo de un capulín, donde también hay aguaje y el venado llega por las tardes.

Ah, no, pero para encontrarlo, como buen zoque que soy, me costó un gran trabajo. Caminé como no tienes idea hace ocho días, que ni más ni menos. Cuando más cansado andaba divisé la sombra del capulín, me dirigí a él sin saber que un estero se había ido secando hasta quedar con un charco de agua. Pero todavía con buena cantidad de agua.

Vi las huellas de un venado macho, pero nada más. Como era algo temprano me recosté entre las raíces de aquel palón, aunque no pensaba dormirme. Puse la escopeta a un lado y mientras me limpiaba las uñas con el cuchillo en la mano, no me vas a creer pero me quedé bestialmente dormido, con el cuchillo en la mano y hacia arriba, como si apuntara al cielo.

Quien sabe cuántas horas pasaron y yo seguía en aquel sueño como si el mismo diablo me hubiera jugado, o como si hubiera muerto; si algún cabrón quisiera matarme, lo hubiera hecho sin darme cuenta. Hasta el buen rato que me voy despertando, ¿qué crees? ¡Tenia en la mano el cuchillo y en el cuchillo estaba ensartado nada menos que un venado! Ahí estaba el jijuelachingada bien muerto. Quién sabe a qué horas se había clavado el pobre que ni cuenta me dí. Tremenda la ramazón de los cuernos.

Pues qué querías que hiciera, mi hermano, le quité las tripas y me fui para mi Pie de Banco. Cuando llegué una luna chingona alumbraba la tierra, luego mi mujer preparó el caldo de menudencias y me puse una buena cena; ¡de aquellas, no dicen!

Pero esta carne que ahora me ves masticar la sequé esa misma noche, si te digo que la luna estaba tan fuerte que al amanecer ya estaba bien seca, los tasajos y la cecina, todita la carne hasta las costillas y los demás huesos que había picoteado con mi hacha, todo y nada que se descompusiera, sólo que le eché sal. Desde entonces procuro ir de cacería en los días en que hay luna: me duermo en un puesto por si cae algún venado, es casi seguro, y luego salo la carne y con la luna se me seca de la mejor manera. Te la voy a dar a probar nada más para que veas qué tan sabrosa está. Es carne seca de la luna.

*Tomado del Periódico: ENLACE DE OAXACA
De la Sección: Coloquio de mentiras
Redactado por: Manuel Matus
AÑO XVIII Juchitán de Zaragoza, Oaxaca 11 de Mayo de 2005

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