La plaza de San Mateo del Mar

VictorCata YooDachi2

En el mercado de San Mateo no hay ruido. Esta gente del mar ama el silencio. No les gusta vocear a sus clientes. Aquí no dicen ‘totopo huero’ y tampoco muestran lo que venden, un tanto por la arena, y otro tanto porque creen en el mal de ojo, por eso sus bandejas están cubiertas con servilletas hechas en telar; con imágenes de jaibas, liebres, camarones, caracolas y libélulas.

 

Venir a San Mateo es como entrar a otro reino, salir de la tierra de las nubes donde el lenguaje es estruendo: es como un cántaro que se rompe, plagado de tonos y vocales que se atoran y se quiebran; se entra a una tierra nueva, una península, donde las voces son un susurro, llenas de rr, de íes heridas. El último refugio de esta gente es su idioma, es único. Ellos lo saben, por eso dicen: ‘mi palabra no tiene cuachi’.
-Duérmete, duérmete -le dice la señora a su hijo, mientras vende un manojito de flores- Sino te duermes vendrá Xaweleat a comerte.
-¿Quién es Xaweleat?
-Es el niño que se come a la luna, por eso a veces se ve por pedazos.
Hoy es martes, día de tianguis. En el ambiente flotan las lonas con fuerza, son sacudidas a ratos por el norte. Entre el ulular del viento se cuelan tan sólo dos pregones:
-¡Hay maíz chiquito! ¡Hay pan de dos. Hay pan de dos. Hay…!
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Las que gritan son zapotecas de San Blas. En sus canastos tienen maíces criollos y pan dxiapa’ ‘pan de Chiapas’. Son mujeres hábiles que han hecho del idioma una rayuela, saltan del huave al zapoteco y llegan hasta el español, para volver otra vez al punto de donde salieron.
Esta plaza está dividida en dos partes, como el panteón: los que están adentro son los que nacieron en esta tierra y los que están afuera son los mol ‘extranjeros’. En su ala oriente se encuentran las comerciantes del pueblo y las mujeres zapotecas que llevan más de cincuenta años vendiendo, ya casi son mareñas. De este lado hay pescados de todo tipo, camarones, sal, dulces, mengues, diversas tortillas: blancas, blancas; y negras por el frijol; rubias por el achiote, tapizadas de camarones; los sabores son de semilla de calabaza, de epazote, de yuca y camote. También hay huaraches y flores. Mientras que en el lado poniente están los fuereños: ellos mercan chanclas, prendas, utensilios de cocina y una que otra baratija.
Entre los susurros de las mareñas que venden pescado, se levanta una voz: mili, es el nombre que le dan a la lisa, los zapotecos también la llaman así. Algunas personas creen que esta palabra tiene un origen huave. Aunque Juan de Córdova dice que no es así en su vocabulario en lengua zapoteca del siglo XVI, pues en la entrada para liça, registró mili. Lo cierto es que estas dos naciones comparten una geografía y una cultura del viento y del mar que a veces los hace coincidir en el pensamiento y en la comida.
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A los huaves no les gusta ser llamados huaves, prefieren el nombre de ikoots ‘nosotros mismos’ y a su lengua la llaman ombeayiiüds ‘nuestro idioma’. Según un reporte del INALI de 2010, San Mateo del Mar es el que tiene más hablantes: 17554. Más que san Dionisio, Santa María y San Francisco. En un tiempo este último pueblo era la cabecera de todas las poblaciones ikoots y se llamaba Ixtaltepec de la Mar, en zapoteco Guiaati’ Nisadó’ ‘Cerro Blanco del Mar’.
Hasta el momento no se ha podido identificar los parentescos lingüísticos del idioma de los ikoots con alguna otra lengua. Algunos lingüistas lo llaman lengua aislada o lengua huérfana.
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