Las costumbres religiosas de mi pueblo se coronan y singularizan con algún rasgo profano.
Quizá por eso no es menester cubrirse con un manto negro para evocarlas; también se puede comulgar con ellas a través del color rosado de la edad tal vez temprana.
La escena parece una cinta que se desarrolla nuevamente ante mis ojos. Va cayendo la tarde. Ya tramontan los últimos rayos del sol. Afuera, los bueyes cansados arrastran la cargada carreta que torna de los montes.
Mientras tanto, llega Cleofitas la rezadora, morena y robusta, sonriente y amante. Los chiquillos de la casa acuden presurosos a llamar a los vecinos de siempre; pues ya es la hora de que se reúnen para rezar. Cleofitas la rezadora ya ha llegado. Y acude el amable vecindario a orar. ¿ Cuál es el motivo ? Cualquier cosa, lo mismo da: el aniversario de la muerte de algún pariente, el novenario de algún Santo, la proximidad del día de muertos, qué sé yo qué más.
En la larga sala de la casa, tan larga como las naves de las iglesias, ya se han tendido los tenues petates de jaspeados colores, donde postrarán las rodillas las gentes que van a rezar.
En frente, en la primera fila, ha sido dispuesto el lugar exclusivos de Cleofitas, quien encauzará la oración. Tras de ella se disponen las vecinas que la oyen, la responden y la acompañan a rezar.
Y las voces monótonas empiezan a cantar las preces. Los chiquillos que aun no saben rezar, se asoman curiosos por las puertas de la sala convertida en nave. No acatan la orden de retiro que les da el guiño amenazante de su madre o de sus mayores. Han suspendido su incansable algarabía.
Toda la casa acusa la hora mística. El sahumerio penetra en todos los rincones. También huele a cirio y a flor.
Y termina por fin el rezo. Al levantarse las gentes se saludan entre sí como si acabaran de verse, siguiendo el ritmo de la costumbre inveterada. Se sientan en las sillas colocadas a lo largo de la luenga sala. Los niños recogen los flexibles petates.
La comadre Lucía, gorda y alegre, va a la cocina y bate el chocolate que ha de confortar a quienes rezaron gastando voz y aliento. Al chocolate acompañan gruesas y triangulares tortillas de mantequilla que traen todavía un resto del calor del comezcal. Las mejores piezas son, naturalmente, para la rezadora Cleofitas. En tanto que toman la merienda mística, conversan y sonríen las vecinas.
Así un acto que empezó por ser piadoso, traza sus límites en lo profano.
Y se van yendo las vecinas poco a poco. Las íntimas, favorecidas por el ocio de la hora, prolongan su estancia. Se vé cómo otra vez de un acto, una vez más la religión une a las gentes. La sombra se va haciendo más densa. La noche se está aproximando cada vez más. Cleofitas, con la sonrisa amorosa en los labios y confundido el color de su tez con el color de la hora que transcurre, parte al fin.
La casa queda envuelta en la paz. Parece que aun persiste el eco místico y suave de la oración. Todavía arden los cirios y huele a flor y a sahumerio.
He aquí cómo la majestad de los muertos hace imborrables las costumbres.
*Tomado del libro: NEZA
Redactado por : GUADALUPE GURRION
Año 1 MEXICO, D. F., NOVIEMBRE DE 1935 Num. 6
