Juchitán, Oaxaca.- A un año de su partida, aún se le recuerda con gran cariño y admiración por el talento nato que lo caracterizó, en su maestría para ejecutar el requinto, José Sánchez Molina “Pepe Molina” o “La Araña” como se lo conocía , sigue presente entre los que tuvimos la oportunidad de escucharlo.
Su voz se fue apagando, pero sus dedos seguían con la misma velocidad para ejecutar aquellas cuerdas, que expiraban notas musicales, motivo por el cual luchó hasta el último momento contra aquella cancerígena enfermedad que al final no pudo vencer.
José Sánchez Molina “Pepe Molina”, quedó inerte, sin respiración, y fue hace un año en este mismo mes de septiembre cuando también se recuerdan las heroicas batallas Juchitecas, contra la intervención Francesa.
El día se pintó con un cielo gris, como muestra que la tierra estaba de luto por su partida de este mundo de los vivos, pero no podía ser nadie más si no él quien uniera a toda la comunidad artística de esta tierra de creadores, quienes lo acompañaron durante la noche en vela, cantando y recordando pasajes de su vida.
Este artista zapoteca, nació el 19 de marzo de 1946 en estas tierras Juchitecas, pero fue en el Estado de Chiapas, donde se desarrolló musicalmente a su corta edad; y por sus virtudes en la ejecución del requinto, fue conocido como “La Araña”.
En la memoria colectiva, quedan sus recuerdos; hizo muchos amigos, en su largo recorrer por los diversos estados del país; tuvo un gusto por la buena música, y en los diferentes escenarios donde pisó, siempre ejecutó la música regional del istmo, y de la tierra que lo vio nacer, junto a sus eternos compañeros del Trío Los Tecos.
Su hijo Raúl Molina, da cuenta de las virtudes de su padre y de las enseñanzas que le heredó, “Lo que mi padre me deja es una gran responsabilidad en cuanto a la música, pero más que eso me deja una gran enseñanza de valores, de respeto, el cariño y amor a sus hijos”.
“Mi padre siempre fue fuerte, con amor hacia la vida, tuve la oportunidad de verlo en su agonía, platiqué con él, aunque ya no podía hablar, me escuchaba y respondía con movimientos de la cabeza”.
En la última década, Pepe Molina, regresó a su natal Juchitán donde fue reconocido por su valor artístico, y muestra de ello son las decenas de galardones que recibió por parte de las autoridades locales, y de la iniciativa privada.
Pepe Molina, siempre fue alegre, compartía sus vivencias, sus anécdotas, y su sencillez lo reflejaba en su gusto por el mezcal, ya que lo mismo se le veía en grandes e importantes escenarios, como alguna esquina de la ciudad, donde convivía como cualquier mortal.
Su cuerpo fue sepultado en el Panteón Domingo de Ramos de la tierra donde nació, y desde donde se convirtió en una leyenda de la Trova Zapoteca.
