Los Sones legitiman la autenticidad de las tradiciones

(El texto prólogo de la Revista Cancionero del Sureste, dedicado al músico,  Don Joél  Velásquez)

La música como expresión del arte es sin duda un paradigma que trasciende el tiempo y el espacio. Es una manifestación humana ubicua, necesaria e históricamente espontánea y útil. En  el fondo genéticamente diseñado como la inspiración para estar ligada mientras haya un halo de vida.

 

En el Istmo de Tehuantepec, la interpretación de la música en formato de SONES, es sin duda un ingrediente inseparable en todo tipo de festividad o evento trascendental en la vida de los zapotecas actuales, pudiendo afirmarse que donde sucede algo importante y no hay SONES, es como si nada estuviera sucediendo. La música pone en alerta al pueblo y lo despierta del letargo de la cotidianeidad. Así son los SONES istmeños. Despiertan, exaltan y alertan todos los sentidos con su sutil ritmo y cadencia indescriptible. Así son los SONES en el Istmo de Tehuantepec. Paraíso que citó Diego Rivera y Frida Kahlo, en ocasión de su famosa visita donde expresaron que el istmo era una tierra hermosa, apasionante y a temporánea;  y roba el corazón a quien osadamente la visita.

Los SONES istmeños no pueden faltar en la “huida” de los casi párvulos inocentes que pretenden unir sus vidas para siempre en el matrimonio. Esa aventura empieza con SONES, donde se reparten coronas de flores en señal de fraternidad y unión perpetua. Sus ritmos y compases invitan a hacer de la vida más placentera, arrastran el viento para mezclarse en él y juntos agitar las coloridas enaguas como cómplices del devenir sensual de la pareja que ahora se casa. Las mujeres alegres con los SONES embriagan sus sentidos viento en popa, expresando mil algarabías con un “mediu xhiga”, momento de romper las ollas de barro anunciando a los desposados que es hora de despertar e iniciar su aventura real. En la lejanía, cuando las canas se asoman la pareja de acuerda con lágrimas en los ojos de esos coloridos momentos. Nunca se olvidan. Juchitán, mi querido Juchitán, siempre estarás en nuestros corazones. Tus SONES legitiman la autenticidad de tus tradiciones.

Nadie que haya perdido a un ser querido y cercano puede negar que los SONES cuando se oyen penetran en lo más profundo y oscuro de nuestros sentimientos, logrando doblar al más álgido poderoso en un mar de lágrimas, esos SONES nuestros. ¡Ahí en los sepelios los SONES pretenden despertar al difunto, ya con retumbos de la tambora, ya con la agudeza de la trompeta o los saxofones rítmicos, todos juntos pretendiendo levantar al indicado para que festeje su propia despedida bailando un lindo SON istmeño.

La música de los SONES istmeños son un bálsamo para los paisanos que estando en la lejanía la añoran profundamente, deseando volver pronto y unirse al ombligo par que yace en la arcilla seca del suelo istmeño . Paisano, paisano vuelve pronto no te olvides de mi tierra SON.

Los sones istmeños cuentan y cantan la melodiosa “Llorona”, la sublime “Sandunga”, también el encanto de “Paulina Xadaneña”. o  la “Petrona”, o la “Juanita”, sin olvidar a la “Martiniana” o al “Lucero de la mañana”, sin faltar la pícara melodía del “Bizuriqui” o el “Gugu huini”, SONES alegres que haciendo comparsa con la mujer que baila, ella extiende sus enaguas como queriendo volar con alas bordadas de encanto. El hombre casi parco y mudo la acompaña. Juchitán querido tierra bendita y santa.

El mejor homenaje que a un ser emblemático se le puede dar como es al señor Joel Velásquez Ruíz y su Banda musical ADA, es sin duda perpetuando su legado musical ahora y siempre a todos los pueblos.

Conservemos en nuestros corazones el regalo musical de la Banda ADA, del maestro Don Joel Velásquez Ruíz. Juchiteco por siempre.

 

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