Reencuentro (CUENTO)

Bellísima, veloz y esbelta, espigada y con la elegancia de una tenista profesional, Mayeli cruzó la avenida. Corrí para alcanzarla y contemplar su mirada diáfana como en el primer encuentro, el fundacional. No me había olvidado. Amorosa, con un abrazo y un beso guardados por diez años. Besos y abrazos también se añejan y son mejores que el vino. Y esa cava que lo sabe todo y es el corazón, a punto estuvo de estallar. Temblamos, algo se resquebrajaba o se unía violentamente en nuestro interior. Mayeli no se reservó las ganas de decirlo: “No sé por qué estoy temblando”. El sismo interno no le permitía escribir su nuevo número telefónico ni su nombre, la palabra que puso a prueba nuestro conocimiento, la primera que con orgullo mostrábamos, cuando niños, que ya habíamos aprendido a leer y escribir: Nuestro nombre. Su nombre, como ella, palabra clara y altiva.

Sé que nos sacudieron la alegría, la añoranza, el coraje y el arrepentimiento y quizá el miedo al impulso de volver a empezar como si el pasado fuera un dejavú y nuestro abandono un mal sueño. Me sentí culpable. Me reprochó mi falta de valor, de osadía. Sentí la impotencia en sus palabras. A fin de cuentas acepto la culpabilidad del amor y de la pasión que nos martirizaron, por no haberme adueñado para siempre de su alma noble.

Resucitamos. La rotación de la Tierra se detuvo, todo se volvió leve. El rostro y los ojos cariñosos de Mayeli se pintaron de melancolía. Se sabe amada, admirada por mí. Recuerda los cafés que me servía, bebidos a sorbos lentos, inspirados; aferrados mi aliento y mis latidos a sus manos de largos, finos y claros dedos, maestros de mi vocación por su piel y su cintura.

La gente desapareció; respondió a nuestro deseo de transformar la calle en el camino hacia nuestro edén y amarnos para siempre. Tuve miedo. Tengo miedo. Todo paraíso está perdido. Mayeli es ave del paraíso y lo confirma el saberla de nuevo lejos.

 

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