El vulgo suele llamarle “tololóchi” o “torolóchi”. En realidad su nombre es Violín o Violonchello; este instrumento musical apareció en el siglo XV al XVI; con el nombre ya antes especificado. Este bajo que armoniza con su sonido en conjuntos musicales, cobra más popularidad por la siguiente anécdota:
Resulta que, en una fiesta de casamiento de aquellos que se hacían por los 1950, donde privó siempre la costumbre y tradición del Guenda Lisaa, muy propio de nuestra tierra; casi al final de la celebración, los asistentes se peleaban por descolgar los cocos amarrados en el techo de la enramada de frescas palmas, entre éstos no faltó la presencia de un paisano alto y fornido, quien al descolgar el fruto, lo hizo con tanta fuerza que la pieza se le escapó de las manos para irse a incrustar en la costilla del violón, en plena ejecución de un clásico danzón.
El tremendo ruido ocasionó el suspenso de la orquesta; es de suponerse que el director del conjunto se encaró con el autor del desaguisado y éste se comprometió a pagar e desperfecto ocasionado, evitando así, comparecer ante las autoridades competentes. Ahora a este sujeto le apoda el “Toro”, pero no por su físico, sino por lo del Torolóchi.
El pasaje narrado me recuerda la lectura realizada en el libro “Ayer en Juchitán”, cuyo autor es el ingeniero Javier Meneses de Gyves; sobre la rivalidad existente entre la hermandad de los juchitecos allá por los años de 1909; precisamente por la pugna de poseer un vandolón. El pique se debió a que dos grupos querían reforzar su conjunto musical con el instrumento. La rivalidad fue tan tremenda que afloraron tiempos pasados, tiñéndose de color cada grupo. Los primeros fueron los rojos, escogieron como defensor al Lic. Severo Castillejos y los segundos fueron verdes; quienes nombraron al Lic. José F. Gómez como su defensor.
Este caso creó un tremendo conflicto entre las familias juchitecas, que hasta la fecha se rememora. Se cuenta también que en el movimiento chegomista, existió en esta ciudad un grupo pequeño de personas de cierta cultura protegidos por el Lic. Rosendo Pineda, quienes actuaban como voluntarios del grupo científico, para no confundirse en la reyerta, entre rebeldes y fuerzas federales, usaron un lienzo rojo en sus sombreros y los chegomistas una ramita verde generándose en esta forma la distinción de los partidos rojo y verde.
