Retrato para Doña Elva

Como cada vez que paso por el cuarto principal de poca luz, no por eso el más sombrío de la casa; me paro frente a la imagen: aquella antigua efigie en sepia de un joven trajeado, con gestos de anciano sabio pero de postura recia. Ahí estaba mi padre, de la única forma en que lo he visto desde siempre, siempre serio, inmóvil y mudo; las únicas muecas gestuales que le vi, fueron las que imaginariamente le inventaba al sobreponer unas copiadas de padres amorosos a la imagen, cuando de niño necesité de alguna sonrisa de aprobación o cariño por parte suya. Pero nada más; pues nunca llegué a conocerlo personalmente; sino más bien por historias que pude escuchar en boca de las vecinas poco discretas de la espléndida casa colonial de enfrente. Sólo por ellas tengo referencias vanas de él; ni mis hermanos mayores que no vi más de un par de veces, ni mi hermana Sofía que cuidó de mí desde pequeño me han platicado nada del que alguna vez llegó a odiarme sin conocerme.

Cuentan las malas y buenas lenguas que yo no fui hijo planeado, o por lo menos no del todo deseado. Mi inteligente pero ocioso progenitor no encontraba forma de dejar a mi madre, doña Elva, y ocupó como pretexto mi concepción para huir de la casa y dejarla sola con sus hijos. Ella no logró sobrepasar mi nacimiento. Mis hermanos quedaron en manos de extraños que les dieron educación y afecto y obligaron o simplemente dejaron que se olvidaran tanto de Sofía como de mí; quien al ser la mayor y al ver que los extraños se iban con todos menos con nosotros, tuvo que criarme y criarse a ella misma desde los 14.
Logré pasar mi lactancia e infancia de una forma milagrosamente saludable algunas veces gracias a la ayuda que recibíamos de los pocos vecinos altruistas que tenemos, aunque no lo eran mucho, pues ninguno se atrevía a alojarnos y arroparnos como a sus hijos propios. Podían verme de chamaco casi desnudo tras las faldas de Sofía, yendo de lavadero en lavadero, de cocina en cocina, de piso en piso para juntar el dinerito suficiente. No era poco, al principio nos dábamos uno que otro lujito, una barra de chocolate cada mes, un paseo al parque los días festivos y ese tipo de gastos dignos de reyes. Luego mi hermana se empeñó en salvar ahorros para futuros gastos urgentes, sin saber que años después agradeceríamos mucho o poco nuestra prevención.
Realmente, a la que fue lo más cercano a una madre que tuve, Sofía, le disgustaba hablar del esposo de doña Elva, mi padre, el señor Bernardo Alfaro y siempre contestaba a mis interrogantes acerca de él con un amenazante refunfuño de – ¡No sé nada de ese dique hombre! ¡Y no quiero saber más de él!-. Pero en algunas noches me despertaba su sollozo y la encontraba postrada a los pies de la imagen, pidiendo a gemidos su presencia y algún perdón al parecer sin alguna falta cometida.
Así crecí, en medio de un tumulto causado por Sofía, cuando aburrida de relucir casas ajenas se dedicó a preparar comida, que llegó a ser conocida por su buen sabor por muchos en el pueblo. Así crecí, así me eduqué. Y entre mis idas y venidas comencé a dibujar, lo hacía bien, casi tan bien como lo hacía mi padre, decían las hermanas Cabrera, las de enfrente. Fue por esos comentarios acerca del señor, que ,alguna vez en uno de mis tantos presagios nocturnos de sopor me acerqué al retrato, que tiempo atrás don Bernardo se había hecho tomar para doña Elva, cuando aún la amaba. Estaba enmarcado en caoba fina con acabados minuciosos y por primera vez lo observé detenidamente. Magnífico como siempre, cautivador como nunca. Apenas pude detallar cada hendidura de aquél gesto inmóvil en mi mente, cuando súbitamente le hablé, sin quererlo dirigí las primeras de tantas palabras a aquella imagen. En una noche le platiqué mi vida, reí y lloré y al amanecer, sentí cómo una extraña relación padre e hijo había comenzado. A partir de entonces cada vez que se cruzaba en mi camino saludaba y hablaba de cuánto se me ocurriera a aquel hombre de postura quieta.
Pasó el tiempo y entré en la adolescencia, mi nana Chofi, como solía decirle para enojarla, no sufrió con la carga de un adolescente rebelde, pues yo tenía siempre presente todo lo que ella había sacrificado por mí. Posiblemente la vida en la casa de tejas con tres cuartos y cocina exterior mejoró un poco, pero lo hizo de una forma que fue imperceptible el cambio.
No me faltó nada para la escuela. Cuando se necesitaba, podía ver a Sofía cocinar toda la noche para conseguir el dinero faltante, evitando siempre tocar los ahorros, o al menos eso creía yo. Nunca me dejó trabajar en mis tiempos libres, decía que mi único trabajo era estudiar, ya luego podría mantenerla a ella.
Pero no todo era bienestar en la casa, la salud de mi Chofi no estaba bien. El humo y el constante ajetreo en la cocina de fogón hicieron que cayera muchas veces en cama a causa de una tos ininterrumpida que me causaba un gran temor. Fue ahí cuando, sin que ella se diera cuenta, hurgué entre los ahorros para comprar medicamentos y no vi más que algunas monedas y varias notas de facturas. Entre rentas, pagos de préstamos y otras cosas, hallé algunas notas de farmacias. Me costó poco creerlo, Sofía había estado mal desde hacía más tiempo del que yo pensaba y a escondidas se automedicaba tomando siempre lo mismo a partir de la primera y única consulta a la que fue, sin saber si eran las pastillas para el mal en curso.
Sentí una pena horrible, al ver postrada a mi hermana sin que ella pudiera hacer nada más que aguantar su mal, pues las pastillas se habían acabado. Aquella vigorosa mujer que con una actitud poderosa trabajaba sin cesar para mantener el orden en casa, y que con un temple excepcional repartía caricias tiernas a su único hermano, se encontraba casi inmóvil, recostada en aquella cama de colchón roído. Sin más movimientos que los estremecedores quejidos que le provocaban la tos. No comía desde algunos días y de su cara se desvanecía la pequeña risita que presentaba cuando me veía.
-Si la vieras, papá sabrías de lo que te estoy hablando.
-Si tu marco no estuviera pegado con tantos clavos a la pared, te llevaría a ella para que la vieras y ella te viera a ti. Tal vez eso le levante el ánimo.

Fui pues por el doctor, quien la revisó, no cobró nada, pues le comenté del estado en el que estábamos, pero no fue la misma suerte con la prescripción. Eran varios los necesitados medicamentos y me informaron los farmacéuticos no eran para nada baratos.
-Tengo que apresurarme padre, mi hermana sufre y me siento impotente. Me pondré a trabajar para poder pagar la medicina. Ahora creo sentir lo que mi hermana al verte. En sus delirios no hace mas que repetir tu nombre, ¿No la escuchas? ¡Quiere verte! ¿Por qué no le haces caso? ¡Es tu hija! ¡Te necesita! Ella no tiene la culpa de tu infelicidad, soy yo. Por primera vez necesito tu ayuda, ¡Necesito tu respuesta! ¿Todas las noches que te lloró no valieron la pena? No ha hecho nada que pueda ser visto como un acto ruin de parte de un hijo.
Miro como siempre que salgo los cuartos de la casa, para grabarme a la perfección todos los rincones, como si pudieran desaparecer de pronto. Empiezo a dejar de ver a mi hogar perfecto a pesar de la ausencia de padres, y me doy cuenta de la realidad: Ha dejado de tener esa solemne sencillez de antaño cuando mi padre aún trabajaba para la casa, para convertirse lentamente en una maraña de tejas y ladrillos que solo permanece en pie porque mi hermana y yo estamos vivos.
-Papá. Saldré corriendo en busca de algo de dinero y en busca tuya, pues a estas alturas no sé realmente que la haga sentir mejor ¿Medicina o ver a su padre?
-Me voy papá, saldré a toda prisa y traeré lo primero que encuentre y si lo primero eres tú, será lo mejor. Pero tengo miedo de que cuando no esté, Sofía desista y su misma tos la sofoque. ¿Me la cuidas?

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