Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca.- Hablar de Tehuantepec, es hablar de historia, de épocas pasadas, de tiempos viejos, también de tiempos nuevos, de grandeza y esplendor colonial, de retos y complicaciones propias de una ciudad con cara de pueblo, que busca reforzar su identidad como la eterna capital espiritual del istmo.
A Tehuantepec se le conoce con muchos nombres o seudónimos, calificativos que al paso del tiempo relatan un proceso de cambio, así, pues, es nombrada la cuna de la cultura zapoteca, indicando su importancia en la consolidación de una raza que la tomó como suya hace mucho tiempo, y que a la llegada de los españoles se perfilaba ya como una de las civilizaciones preponderantes del sur de México, a pesar de que otras ciudades han destacado en el ámbito cultural, es Tehuantepec la verdadera manifestación real de un proceso cultural sin precedentes, cuya historia escrita es abundante, sin contar la tradición oral que es vasta e infinita.
En el ámbito musical destaca con grandes exponentes del son tehuano y piezas magníficas del folclor nacional; Tehuantepec, se visualiza como la cuna de la inmortal Sandunga, no limitándose llanamente al emblemático son tradicional, convertido en himno de los tehuanos y adoptado por los istmeños o oaxaqueños, pues la palabra “sandunga” toma vida propia y complementa a la mujer tehuana, además que refuerza, da identidad y en algunos casos hasta llega a representar en cierto sentido la tehuanidad zapoteca y el ser istmeño.
Para muchos de los que han visitado y recorrido las calles de Tehuantepec, la ciudad luce pequeña, huele a pueblo e invita a descubrir el encanto de la tranquilidad que ofrecen sus calles, calles que se recorren a pie y que con detenimiento nos dejan observar verdaderas muestras de una arquitectura ausente en pueblos aledaños; la vendimia de cena y antojitos tradicionales ofrecen tanto a los locales como a los visitantes noches de esparcimiento y serenidad. Es quizá por eso que los turistas han llamado a Tehuantepec, “el pueblo noble y hospitalario”que bien merecido lo tiene, al haber recibido a grandes personajes de la cultura, la política y el arte, que más tarde se encargaron de endulzar los ojos y extasiar las mentes de generaciones y generaciones de vacacionistas.
Frente a la consolidación de otras ciudades en el ramo económico con miras modernistas, Tehuantepec es un oasis entre las ciudades istmeñas: su traza urbana, aunque en peligro, conserva una arquitectura claramente colonial, pero sobre todo espiritual. No hace falta recorrer mucho el centro histórico para toparse con estos gigantes de nuestra tierra, con sus altas y robustas paredes: salpican el paisaje urbano sus torres y cúpulas, es la mayor concentración de templos católicos en el istmo, corazones de los diversos barrios. No son estructuras o edificios muertos para la admiración lúgubre de miradas en busca de museos, son protagonistas joviales de una religiosidad forjada por siglos, vigente en sus fiestas, ritos y celebraciones a lo largo del año, que no permiten alejarnos aún de la herencia conquistadora de la espada y la cruz, pero tampoco de la antigua forma de vida zapoteca, siendo el hoy ex convento dominico Rey Cosijopi, la muestra más fehaciente e insuperable de la importancia de la antigua Villa deadalcázar, hoy Santo Domingo Tehuantepec.
Es ante esta explicación visual que nuestra ciudad refrenda y se consolida como la capital espiritual del istmo, siendo que Tehuantepec no pretende actuar para el turismo e inundarlo de una imagen de pueblo mágico, y no debiera: sólo vive cada día, cotidianamente, es en este modo de vida donde se ve la esencia de su grandeza y belleza, en la espontaneidad de recibir con los brazos abiertos al que con gusto nos visite.
Con información de Revista Contempla
