Felipe Calderón cuando era estudiante era un déspota: Gabina Be’te’ (II parte)

Gabina.- Mi mamá fue muy enérgica de los deberes en la casa, si yo no lavaba bien mi ropa me la bajaba del tendero para restregármelo en el rostro “lava bien” me decía.

Pues cuando llegué a la casa que tenía que trabajar me pusieron a prueba: lavé una prenda. La señora de la casa, doña Margarita Pineda, tuvo palabras de elogio para mi porque decía que no había encontrado a una empleada que hiciera tan bien el trabajo. Me puse a lavar desde los primeros días desde la mañana hasta la tarde, en una semana ya tenía hinchadas las manos y tuve fiebre. Uno de los hijos de la señora Margarita, el doctor Estanislao Chacón, creo fue oculista, ha muerto ya, le dijo a su madre “pero mamá cómo es posible qué nada mas a ella la pongas lavar, no debería de estar lavando todo el día con todo esos detergentes, pon a otras a lavar también, rólalas en el trabajo”. Yo lloraba ya quería regresar a casa, pero cómo, si el trato era por un año. Pero pasaron los días, se hizo como dijo el doctor, ya me hallé, me acostumbré. En ese tiempo estudiaban en la ciudad de México, el doctor China, Homero, Erasmo de Cheguigo, Goyo Guixhi, Carlos hijo de don Justo Pineda, todos venían a esa casa, desde ese tiempo los conocí. Tenía yo 17 años. 

Mi mamá escribió una carta para que llevara para mi tío Gabriel. Cuando llegó a la casa Jeremías “el negro” que ya me conocía, hijo de mi difunto tío Jeremías López Chiñas, que murió en un salón de fiestas, cuando intervino en una pelea, le dio un tiro uno de los Musalem. Bueno este Jeremías es maestro, mi tío fue capitán, éste muchacho iba a esta casa, como su mamá y la esposa de Chacón eran hermanas, pues iba mucho a esa casa. La primera vez que fue él Na Margarita le dijo ¿no conoces a esta jovencita? es tu prima, ahí fue cuando le dije lo de la carta y el se lo llevó a Gabriel porque vivía en su casa. A la semana siguiente me dijo que Gabriel López Chiñas quería verme, fui a verlo y me preguntó que si me trataban bien, a lo que le dije que estaba bien -ya había pasado aquello ya me sentía bien-. “Si te tratan mal me avisas con Jeremías hija para que mejor te quedes aquí, no permitiré que te traten mal”. Yo le dije que me trataban bien, que eran buenas gentes doña Margarita y don Chacón, la verdad es que eran buena gente.
Te decía que ahí conocí a muchos estudiantes, ellos llegaban de visita los sábados o los domingos, ahí es cuando nos hablaba doña Margarita, “muchachas ustedes comen bien aquí, hoy vamos a preparar mucha comida porque van a llegar de visita los muchachos vamos a invitarlos a comer”. Los atendíamos cuando llegaban, el doctor China me tuvo mucha estimación. Cuando les llegaba su dinero de Juchitán, porque el doctor China era de familia humilde, hablaban con la señora para darnos permiso de salir a Mélida y a mi, nos preguntaban que a donde queríamos ir, yo me decidía por el cine porque el teatro nunca le entendí, al cine Orfión íbamos, un cine mejorcito, porque cerca de la casa había un cine que le decían Chícharo que estaba infestado de chinches. Y otra veces optaba por ir a Chapultepec, “llévennos a Chapultepec a ver a los animales como yo” les decía. Eso de repente, no todas las semanas, eso hasta que cumplí un año y me tuve que regresar. Yo tenía ganas de regresar otra vez, pero mi madre ya no quiso, “ya cumpliste tu deseo, ya conociste, hasta ahí, yo no las parí para que estén de criadas en otra casa, cuando los parí tuve a una criada que los atendió ahora ¿que tú vayas de criada?” me dijo. Como ya sabía bordar huipiles tuve muchos clientes, y me dediqué a bordar todo el tiempo.
Gerardo Valdivieso Parada.- ¿Y esa vez que tuviste que ir a la ciudad de nuevo ya con un hijo a cuestas?
Gabina.- Eneas fue a quien llevé, él nació en 1968. Ya tenía tres años. Su padre nos abandonó para casarse con otra. Viviendo conmigo todavía, estuvo aquí viviendo conmigo cinco años. No nos casamos porque yo era viuda. Un día mi hija, la que es enfermera, vino de vender queso y me dijo que había raptado una mujer para casarse. Cuando abrí el ropero no había ni una camisa, se había llevado toda su ropa, yo creo que poco a poco se llevo su ropa, porque yo ni cuenta me di. Esa mañana, como todos los días fui al molino. Cuando entré todas las compañeras me quedaban viendo, yo me pregunté si tenía la cara pintada de carbón. Cuando llegué a la casa me vi en el espejo y no era eso. Salía de bañarme para luego echar las tortillas, cuando llegó Petro y me dijo “¿ya te enteraste que ese desgraciado se va casar con otra?”, “sí” le dije, “¿y te has atrevido a bañarte?” (existe la creencia de que una persona después de hacer un gran coraje no debe bañarse porque le puede causar la muerte), “claro, si él ya está con otra, yo no voy a andar de mugrosa” le dije. Pasó Fina Sario buscando criadas para trabajar a la ciudad de México. Me fui. No quería aguantar un día mas las miradas de la gente. Le dije a mi mamá que se encargara de dos de mis hijos, la mayor estaba con su abuela paterna. Primero estuvimos en casa de una señora que tenía hijos y nietos, no permitían que mi hijo tocara un juguete, estuve como dos meses hasta que le dije a Fina “no quiero seguir aquí, le hacen el feo a mi hijo”. Fue entonces que me dijo que habían unos estudiantes que necesitaban una criada, ahí fui con mi hijo estaban en Ciudad Universitaria eran puros edificios grandes, condominios creo que les llaman, ahí es donde estaba Felipe Calderón, un tal Homero, y un joven llamado Catarino Molina de la Cruz.
Armando Vázquez.- ¿Todos eran estudiantes?
Si, todos estudiantes de provincia, hasta ese Felipe Calderón que fue presidente, había otros que se llamaban Juan Pablo y José Cruz. Nosotras éramos dos yo que lavaba y planchaba y otra que hacía la comida. Un día se pelearon entre ellos, por eso Catarino me dijo que si no me iba con ellos, le dije que sí porque el niño se había encariñado con él. Víctor (Cata) me ha dicho que investigó el nombre y es un prestigiado empresario de Monterrey, mantiene todavía el don de gentes me dice Víctor.
Gerardo Valdivieso.- ¿Y Felipe Calderón cómo era?
Gabina.- Ay, ese y el tal Homero eran unos déspotas, en cambio los otros nos hablaban bien, nos preguntaban que habíamos hecho en el día. Con Felipe Calderón y su amigo antes de que se fueran a la escuela teníamos que limpiar rápido su cuarto porque luego cerraban con llave, eran desconfiados, y eso qué entones yo era de vestido no usaba enagua. Después, cuando me regresé a Juchitán aventé el vestido y me volví a poner enagua.
Gerardo Valdivieso.- ¿Cuánto tiempo estuviste allá?
Gabina.- Un año. No se si has visto en la tele, cuando pasan las escenas de decepción y abandono siempre dicen: “con el tiempo y lejos, se olvida todo” y así fue.
Gerardo Valdivieso.- ¿Cómo te iniciaste en el oficio de tabernera?
Gabina.- Fue por culpa de un amigo de infancia, Mariano muxe’, me convenció para que lo ayudará a vender cerveza en Álvaro Obregón, fue un primero de mayo, había toreada, vendimos una gran cantidad de cerveza. Ese día una mujer se me acercó para preguntarme cuánto me había dado el muxe’ por ayudarlo a vender, “dos cientos pesos” le dije, me pagó cien por día. La mujer me dijo que habíamos tenido mucha venta por mí, no por el muxe’. Ella me aconsejó que no fuera tonta que ya no fuera a vender con Mariano si no sola. Así lo hice. Al otro día en la vela Igú aparté mi lugar apenas instalada la enramada. Cuando Mariano llegó, me dijo si ya había apartado nuestro lugar, a lo que le dije que ya había apartado dos lugares una para él y otra para mi, que ya aparte los dos. Él esa vez fue la última vez que vendió, ya no siguió vendiendo, yo en cambió seguí vendiendo en el resto de las velas.
Gerardo Valdivieso.- ¿Conociste a todas las taberneras famosas?
Gabina.- Ay, anduve vendiendo con Rosa Pina, hermosa era, blanca, alta, tenía un lunar que se pintaba porque no era natural. A Benita Xhu’ni’ ya no alcancé a vender con ella, ya vivía en Petapa, ahí tuvo una tienda donde vendía ropa y sin número de cosas, cuando fui a vender allá al segundo año, nos decía que nos quedáramos en su casa, ahí nos íbamos a bañar, a cambiar de ropa, era muy buena gente, pero no llegué a conocerla como tabernera nada mas como comerciante, ese año coincidió que la asesinaron al asaltarla, se llevaron todo su oro. En cambio vendí con taberneras como Benita Gudxu, Cirila Celsu, Mélida, Fina Cenobia, Teodola Velásquez, Camila, Ofelia Guie’ Xtia. Eran muchas, todas de esa época ya han muerto. Muerta está Manuela León, también Lucila Xandu’, Augusta Manolo, Elia, María Xhiidi’, Petro.
Gerardo Valdivieso.- En las buenas épocas ¿cuántas eran en una vela en Juchitán?
Gabina.- Venían taberneras de Unión Hidalgo, de Xadani, fuimos como sesenta taberneras. En las velas grandes eran dos líneas de taberneras y nadie se quedaba sin vender, vendíamos todas y en grandes cantidades. Nadie llegó a vender 4 o 5, como mínimo vendíamos 15 cartones cada compañera, y había otras que vendían más todavía.
Gerardo Valdivieso.- ¿Y cómo es que vendían mas que ustedes?
Gabina.- Porque eran mas arrojadas, esas vendían 20 cartones.
Gerardo Valdivieso.- ¿Cómo quiénes?
Gabina.- Manuela León. Ella vivió cerca del panteón, cuando le preguntaban si no le temía a los muertos respondía: “a los muertos no les tengo miedo, le tengo miedo a los vivos y mas cuando me he quedado con su dinero”, así decía Manuela León.

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