Luego de paladear una lisa al horno, en cuanto llegué a Juchitán, Yolanda López preguntó si me gustaba la iguana. Por poco se me atraganta el último bocado de lisa e improvise un argumento nada coherente. Yolanda dijo que el sabor de la iguana era similar al pollo. La había comido sin saber qué era en el DF en casa de Gustavo Conzali, colega y paisano y cuando preguntaron mi opinión dije que el adobo estaba exquisito.
A la mañana siguiente, en el desayuno con periodistas en el patio de la Casa de la Cultura de Juchitán, a cargo de Yolanda y de Guillermo Coutiño Archila, el platillo principal fue iguana en caldo. Los huevecillos habían sido colocados para que presidieran el horizonte de cada cazuela. También sirvieron trozos de chicharrón y tamales de elote, así como queso y crema.
Los colegas paladearon la iguana y antes o después completaron el menú con el chicharrón y los tamales cubiertos de crema y queso. Los colegas hablaron de dietas y de las medidas que asumirían luego de dar cuenta de aquel desayuno vasto. La poetisa Irma Pineda Santiago dijo que subió de peso en cuanto regresó del DF a Juchitán y le salió caro debido al cambio total de vestuario.
Después íbamos a visitar Mixtequilla, a unos kilómetros de Juchitán. Mi padre había nacido en ese pueblo. Buscaría datos para uno de mis mamotretos en preparación.
Por pronto asocié aquella dieta istmeña con la dieta seguida en casa, allá en el Soconusco, hasta mis veinte años. Comíamos casi de todo lo que se sirvió en Juchitán, incluidas las memelas. Excepto la iguana. Sin duda estuvo proscrita de la dieta en la familia de padre y por eso él no la instauró en casa.
Hace poco, durante un encuentro en Tapachula con mi hermano Marco Tulio, comimos en el restaurante de una tía de él. Papá y yo pedimos mojarra y Marco Tulio iguana. Observé cómo sólo de mencionarla se le hizo la boca agua.
Del DF a Tapachula o viceversa, yo había pasado por Juchitán en autobús o en ferrocarril. Pero no estaba la tanto de la dieta istmeña. De otro modo le hubiera preguntado a mi padre por qué nunca hubo iguana en nuestra mesa.
Supe que mientras los soconusquenses chiapanecos mandan traer iguanas del Istmo de Tehuantepec nadie hace nada allá por reponerlas. Los juchitecos no piensan perder esas proteínas y conservan la especie mediante el usos de criaderos. Pronto las importaremos de China. En esos pensaba luego de hacer un breve recorrido por Mixtequilla, con Juan Carlos la volante. El gobierno municipal era perredista y Guillermo Coutiño Archila comentó que las necesidades de la población estaban satisfechas en su mayoría. Vi las calles pavimentadas y que tenían energía eléctrica y sin duda agua potable. Guillermo había contribuido a que se creara la Casa de la Cultura de Mixtequilla.
Tuve mala suerte porque el cronista de Mixtequilla estaba en Tehuantepec. Sentí que sólo él podía arrojar un poco de luz en el caso de la familia de mi padre. Muertos mis abuelos, una hermana y dos hermanos abandonaron el pueblo a finales del primer decenio del siglo pasado. Pudimos haber buscado a cualquier familia con mi apellido, pero eran casi las dos de la tarde y no quería perderme la visita a La Choza en Juchitán.
Se trata de una cantina como muchas del Soconusco. Pedimos cervezas y conforme las consumíamos, atendidos por autenticas sandungas, nos sirvieron la botana. Pensábamos salir de ahí a la playa para dar cuenta de uno o dos mojarras.
Sin embargo atrasamos la salida por la actuación de trío Juchitán, de los que esa tarde había sólo dos, Fernando Salinas y Máximo Santiago. Bulmaro Martínez estaba en cama. También nos atrasamos por el intercambio de información y de anécdotas con Guillermo Coutiño Archila y José Alfredo Escobar, director de la Casa de la Cultura de Espinal, Oaxaca. Al final comimos ahí mismo porque la última botana fue una mojarra exquisita.
Mi padre y sus hermanos, huyendo del Istmo hacia el Soconusco, se establecieron en Tapachula. Sus padres habían sino asesinados.
Hace poco supe que nadie reclamo la casa de mis abuelos y que permaneció abandonada más de medio siglo.
Coutiño Archila me contó que la Casa de la Cultura quedó establecida en una casa sin habitar durante mucho tiempo. Alguien se la vendió al municipio. ¿Habrá sido la de mis abuelos? Coutiño ofreció que releería el expediente de la Casa de la Cultura de Mixtequilla.
Me pareció mala idea buscar en el pueblo a alguien con mi apellido y preguntarle ¿tendrá usted datos sobre la persona que mató a mis abuelos?.
Una versión difundida fue que murieron a mano de los revolucionarios. La otra es que uno de los hermanos de mi abuelo cometió el doble homicidio.
ENFRENTARÁS EL VIENTO.
Cuando bajaba del automóvil frente a una de las entradas del mercado de Juchitán, un fuerte viento propició que avanzara con dificultad hacia el edifico. Así empecé a vivir uno de los días de ventarrón en el Istmo de Tehuantepec. Los traileres de diez toneladas, desplazándose a veinte kilómetros por hora en la zona de La Ventosa, caen derribados a la derecha o a la izquierda cual tablones extensos y anchos de madera. Van repletos de frutos o de mercancía diversa.
Sus habitantes han afinado el oído gracias a los desplomes… ¿Oíste?, pregunta una señora, en la madrugada. Ese camión es como de sandías… El marido se viste de prisa y sale corriendo a rescatar lo que encuentre. Los vecinos podrían adelantársele.
A unas horas del regreso al DF, desde Juchitán, faltaba conocer un sitio clave para los viajeros empedernidos, el mercado. También visitan cafeterías, cantinas y la zona roja. Hay quienes visitan museos.
El desayuno con José Alfredo Escobar, director de la Casa de la Cultura de Espinal, se había pospuesto para la comida. Yolanda Gómez López y Guillermo Coutiño Archila, a cargo de la Casa de la Cultura en Juchitán, propusieron el Vilmer. ¿El Vilmer?, pregunté yo. Sí, dijo Yolanda, el vil mercado.
Dentro de la plaza, a salvo de los embates del viento y medio aplacado el greñero revuelto, Guillermo buscó a la Güera, doña Agustina Vázquez, dueña de una fonda de comida con bancas a los costados. Mojarras y chiles rellenos, fritos ya, estaban en exhibición.
Mi tocayo, el escritor y guionista Mardonio Carballo, un poco rezagado, preguntó que me habían servido. Mondongo, le dije. ¿Qué es eso?, preguntó él. Menudo o pancita. Mondongo en Juchitán y en Veracruz. Él era de la huasteca veracruzana. Quizá ahí no se acostumbra el mondongo.
También podía ser que Mardonio viviera desde niño en el DF. A esa edad nadie apetece el mondongo. Hubo además garnachas y chocolate servido en huacales.
Enseguida Yolanda me acompaño por los vericuetos del mercado a comprar quesos y marquesotes.
Como Yolanda me obsequió un disco de sones del Istmo, yo, en venganza le di mi mamotreto “Vida real del artista inútil” (Colibrí). El ventarrón batía la ciudad. Mientras Yolanda y Guillermo despachaban asuntos de la Casa de la Cultura, busqué una cafetería. Cerca del café, unos albañiles trabajaban en el desagüe. Los montículos de tierra eran barridos por el soplo violento del aire. Durante una hora corregí a guso mi mamotreto en turno, mientras bebía agua mineral sin whisky.

La cita del reencuentro fue en el Bar Jardín para desplazarnos enseguida hacia Espinal. El bar está frente a La Choza. Guillermo dijo que prefería este último sitio. Ahí habíamos bebido y comido a gusto la tarde anterior escuchado canciones de “Chu” Rasgado como “Silencio y olvido” y “Sabrosito son”. La poetisa Irma Pineda Santiago había comentado que en el Bar Jardín las mujeres la pasaban bien, sin molestias. Cuando le dije que en La Choza había mujeres y nadie las molestó, José Alfredo Escobar me dijo en susurros. Eran lesbianas.
En el Bar Jardín, demasiado aséptico, los meseros tenían cara de palo. Iban a lo que iban. Ni amables ni sonrientes, pero con la efectividad de un piquete paramilitar adiestrado a fin de que el cliente consuma o… consuma.
Pronto supimos que José Alfredo tampoco iría a comer con nosotros. Así que Yolanda y Guillermo nos llevaron al Morgan. El Morgan es un restaurante al final de un estrecho callejón donde comimos como en el primer mundo.
El entremés de hueva frita se consumió a diestra y siniestra, mientras preparaban la lisa al horno. Solo había cerveza pero Guillermo mandó por una botella de agave oaxaqueño. El intelectual Natalio Hernández tuvo que pedir que le sirvieran también a él cuando advirtió que, sin querer, lo habían saltado… Muy a gusto, estuve a punto de postergar mi salida. Pero dejaría de ser un viajero profesional.
Entre mis gratas actividades de este viaje corté el listón de una muestra de serigrafías del maestro Francisco Toledo. Un gran honor.
Con Juan Carlos, un treintañero charlista, viajé hacia el aeropuerto de Salina Cruz. En media hora de viaje, Juan Carlos platicó su vida en pleno centro del DF. De las incontables veces que lo asaltaron… Ya casado y con dos hijos sintió que debía regresar a la tierruca. No deseaban que sus hijos crecieran en un apartamento de dos recámaras. Ahora se le veía feliz de nueva cuenta en su Juchitán querido, con ráfagas o sin ellas. Por fortuna de viento. El avión llegó puntual.
Marco Aurelio Carballo / Publicado en el Periódico ENLACE
