Lo que más adelante se cuenta, pudo haber sido cierto, porque en México todo es mágico, muchas cosas malas pasan en perjuicio de la humanidad y no pasa nada. La maldad de los tiranos sigue imperando, al extremo de que se vuelven juez y parte, terminando por ser dueños de cuerpos y almas.
Esa madrugada mientras hacía la fogata para preparar su café y calentar los frijoles y las pocas tortillas que quedaban en el canastito que su difunta esposa había dejado como única herencia al despedirse del mundo terrenal, el hombre juró ante el resplandor de la luna llena, que haría hasta lo imposible por ver a su hijo realizado como profesionista para cumplir la ultima voluntad de su amada Catalina.
Juventino Plácido Castro y Catalina Cruz Rosas, se conocieron desde que eran niños, y al cumplir los quince años de edad, sus padres concedieron la anuencia para que el cura del pueblito los casara ante el pequeño altar de la antigua capilla del Santo Patrón San José del Campo. San José del Campo, es un pueblito perdido en la sierra de Oaxaca. Los pocos habitantes de ese pequeño poblado, solo conocían los duros trabajos del campo y la gran miseria que se padecía cuando las cosechas no alcanzaban para cubrir las elementales necesidades.
Juventino y Catalina, habían nacido en el mismo mes de febrero del mismo año, a los dos meses de que cumplieron los 18 años, en los seis tablones de pino que hacían la función de una cama en una esquina del jacalito, nació Manuel Plácido Cruz; dijeron los ancianos que por haber nacido con los cantos de los pájaros en plena primavera, el niño Manuel llegó al mundo con buena estrella en la frente y que su destino sería diferente a los destinos de los que habitaban en San José del campo, la partera que atendió el proceso de nacimiento auguró que el niño Manuel sería muy inteligente y que a determinada edad abandonaría el pueblo para ir en busca de su destino.

Para poder sobrellevar la difícil existencia llena de dolores y sacrificios que ofrece la pobreza en San José del Campo, el padre de Juventino le dotó una hectárea de las tres que tenía, al no haber mas actividades que realizar para obtener los mínimos recursos de sobrevivencia, Juventino y Catalina, trabajaban de sol a sol, a manera de sacarle lo mejor a su pequeña parcela, para mantenerse y mantener a su pequeño hijo. Al cumplir los seis años, Manuelito fue llevado a la pequeña escuela ubicada a cinco kilómetros de la comunidad para ser inscrito. Desde los primeros días, el niño mostraba interés por los libros y por aprender muchas cosas. Después de muchos sacrificios, el niño concluyó la educación primaria y dado el interés y entusiasmo que mostraba por seguir estudiando, sus padres contactaron a unos parientes que vivían en un pueblo a cincuenta kilómetros, para pedirles de favor que los apoyaran recibiendo y hospedando a Manuelito en su casa, ya que tenía interés por concluir la educación secundaria.
Los maestros que atendieron a Manuel durante su instrucción primaria, aun conociendo las condiciones de pobreza de sus padres, solicitaron a la dirección de la escuela secundaria, gestionar una beca para que el niño tenga la oportunidad de continuar sus estudios. Una vez concluida esta etapa escolar, Manuel platicó con sus padres acerca de la posibilidad de que continuara con los estudios en el nivel de bachillerato. Juventino y Catalina lloraron de angustia y desesperación ante la impotencia de poder apoyar a su hijo; sin embargo, le confirmaron que continuara con sus planes y que ellos buscarían las formas de poder enviarle algunos centavos durante su estancia como estudiante de bachillerato. Durante el primer año de la etapa de prepa, los padres de Manuel, hicieron enormes esfuerzos por obtener algunos centavos, y auxiliados por vecinos y algunos familiares, lograron que Manuel concluyera el curso con excelentes calificaciones. Para ese tiempo y agobiada por tanto trabajo y estrés derivado de tantas presiones económicas, Catalina se enfermó gravemente, y en una mañana de otoño falleció, llevándose consigo sus deseos de ver a su único hijo convertido en profesor normalista, tal como él les había comentado al ingresar al bachillerato.
La soledad y la poca cosecha que ofrecía su parcela, agravó la situación precaria de Juventino y llevando siempre presente su juramento de apoyar a su hijo convertido en profesor normalista, tal como se lo pidió su esposa en su lecho de muerte; tuvo que abandonar a su pequeño pueblo, y con unos cuantos centavos que había reunido en calidad de préstamo con sus parientes, se dirigió a la ciudad capital. Llegó a la ciudad de Oaxaca con los primeros rayos del sol y de inmediato se dirigió al zócalo, en espera de unas personas, que según platicas que escuchó mientras viajaba en el autobús que lo transportó; estos señores estaban comisionados para reclutar hombres y mujeres que quisieran ingresar al cuerpo de policías de tropa.
Los rudos trabajos de campo forjaron el cuerpo de Juventino, dándole el perfil requerido para pertenecer a la corporación policiaca, por lo que no tuvo inconveniente alguno para ser aceptado. El sueldo de siete mil pesos al mes y teniendo el buen habito de ahorrar sus centavos, Juventino pensó que esta nueva condición le permitiría solventar algunas necesidades básicas de Manuel para concluir su preparatoria, inclusive ingresar a la escuela normal.
La escuela normal rural más cercana al estado de Oaxaca, es la de Ayotzinapa, ubicada en el Estado de Guerrero, Manuel siempre mantuvo presente su ilusión de ingresar en esa escuela y ser profesor rural, en virtud de que en esa institución ingresan generalmente los hijos de las familias pobres, generalmente gente de campo, gente que ha sufrido y soportado los dolores que ofrece la pobreza y que por la misma razón, comprenden y establecen firmemente sus deseos de ayudar a los que en el presente y en el futuro padecen y padecerán las espinas que clavan la miseria y las injusticias que todo el tiempo ofrecen los gobiernos federales y estatales.
Pasaron los años, y mientras Manuel ingresaba a la escuela normal, Juventino procuraba mantener su trabajo de policía con disciplina y obediencia plenas, así, lo mismo soportaba el temor y miedo en acciones de combate al narcotráfico, que la pena y la pérdida de dignidad al intervenir en operativos contra gente inocente.
Juventino aprendió a medio leer y escribir algunos garabatos, de ahí que cada que recibía cartas de su hijo, hacía grandes esfuerzos por entender las letras y cuando daba respuestas, acudía generalmente a un compañero de la corporación policíaca. Juventino se sentía feliz y orgulloso al imaginar que algún día cumpliría la voluntad de su amada Catalina. Manuel por su parte mantenía cada vez mas firme su ilusión de convertir en realidad su sueño de llegar a ser profesor normalista.
Por las características propias de su trabajo, Juventino, residió en diferentes estados de la República, donde más tiempo estuvo fue en Michoacán y de ahí lo trasladaron a Guerrero, debido a algunos conflictos que se estaban generando en algunos municipios. Al llegar a Iguala, Juventino se entusiasmó y su corazón se llenó de alegría ante la posibilidad de ver a su hijo, a quien no veía desde hace algunos meses. Grandes y a veces terribles son las sorpresas que se llevan los seres humanos en momentos menos esperados. Un día viernes como a las once de la mañana, el grupo de policía al que pertenecía Juventino, recibió la orden de presentarse a la autopista del sol, a fin de desalojar a unos estudiantes que mantenían bloqueada la carretera para exigir recursos para su escuela.

Por ser instituciones combativas que por lo general están en contra de las políticas neoliberales del gobierno federal, las escuelas normalistas durante décadas a sido consideradas como enemigas de los gobiernos, y que por lo mismo, éstos les han reducido año con año, los presupuestos para sus adecuados mantenimientos; condiciones que obligan a los estudiantes a luchar por la liberación de dichos recursos, utilizando para ello diversas estrategias, entre ellas, los bloqueos carreteros como medidas de presión, aunque estas acciones no son las adecuadas por afectar derechos de terceras personas, el mismo gobierno orilla a ellas, y que al parecer es y ha sido la manera en que algunas veces atiende y resuelve a medias, problemas que pudieron haber resuelto sin necesidad de provocar Mayores complicaciones.
En esa mañana, Manuel se encontraba con sus compañeros de la escuela normal, y para evitar ser reconocido y posteriormente perseguido, tenía cubierto el rostro con un paliacate rojo. El jefe que comandaba a los policías, llevaba la orden de desalojar la carretera a como de lugar y con violencia si fuera necesaria. El comandante, cumpliendo las órdenes de las autoridades superiores, dio la instrucción de golpear a cuanto seres humanos encontraran impidiendo el paso de los vehículos; Juventino acostumbrado a obedecer arremetió contra un joven con la cara cubierta que intentaba huir del lugar, los macanazos que acertaron a las piernas fueron muy fuertes que doblaron instantáneamente al joven estudiante, quien cayó boca bajo, los otros cinco golpes fueron directos a la espalda del muchacho perdiendo el sentido y levantado por personal de la cruz roja mexicana.
Los resultados de la violencia desatada fueron de dos estudiantes fallecidos y decenas de heridos. Al amanecer del día sábado, la prensa daba cuenta de la lista de los heridos, los elementos del cuerpo policiaco, como si fuera una gran hazaña lo que habían hecho el día anterior, querían conocer las novedades, entre ellas la lista de los estudiantes heridos; Juventino también tenía la curiosidad de saber quienes están enunciados en dichas listas. De los heridos trasladados al hospital de la cruz roja mexicana, aparece en la cuarta posición : Manuel Plácido Cruz, originario del pueblo de San José de Campo, Oaxaca, quien presentaba fractura en las dos piernas y vértebras, con diagnósticos muy lamentables, pues había certeza de que no volvería a caminar; Juventino sintió que el mundo se le venía encima, todo oscureció y se lleno de silencio, quería salir corriendo para ver a su hijo, pero las piernas no le respondieron, solo pudo gritar como cuando alguien siente un cuchillo en el corazón.
Solo cuando entregó su renuncia como policía, pudo tener la libertad para ver a su hijo en el hospital, …cuando vio a su amado hijo, se arrodilló y desde la entrada con voz a grito pidió perdón a su hijo. Manuel al verlo, con lágrimas en los ojos, le dijo muy suavemente, no te preocupes padre, tu no tienes la culpa,…la culpa es de la ingrata pobreza.
