La infancia

“La infancia es destino”, así decía un amigo que una noche saliendo de un restaurante donde tomamos chocolate y comimos churros. Don Salvador, que todo mundo llamaba Chavita. Al mirar la luna de esa noche, le dije: Mire usted Chavita el conejo de la luna. Oiga- me dijo-, déjame ver, porque yo nunca lo he podido distinguir.

–Vea que nos mira de frente y sus orejas paradas. Su cuerpo apoyado sobre sus patitas traseras –adonde Armandito? Adónde…? Ah… Sí…! Ya lo vi. Su cara, sus orejitas, su rabito apenitas se ve…!
La experiencia de esa noche. La emoción d Chavita–que falleció ya hace algunos años–. Su expresión: –ya lo ví…No la olvido. Su frase común era:” Infancia es destino “.
La infancia de los que nacimos en el Istmo, tiene que ver con la maravilla de la naturaleza, para empezar hablamos el zapoteco. Lo que pensamos, lo que jugamos, comimos fue expresado en zapoteco. Algunos vivieron en casas que no tenían luz eléctrica, sus tareas las hicieron alumbrados con linterna de “petróleo”. Las casas con patio y sin bardas dieron libertad a nuestra imaginación, las niñas hicieron tortillitas, muñecas con lodo. Hasta que mamá las llamaba a la hora de comer. Y regresar para seguir jugando debajo de aquel árbol enorme. Sólo el inicio de la caída de la oscuridad, nos devolvía a casa. Temerosos de “los aparecidos” y “bultos” de los que platicaban.
Bañarse al río de agua cristalina, niños y niñas sin ningún morbo. Donde las señoras se bañaban con el
torso desnudo y los señores un poco apartados, con el pene entre las piernas en tijera- así ocultando su sexo y sobre éste sus manos abiertas–
Casi todos sabíamos nadar, sabíamos subir a los árboles. Sobre todo los frutales. En grupo se iba a comer ciruelo, guayaba, mango; a cortar tamarindo y éste prepararlo con sal y ceniza–raro verdad?–.Sólo que era muy sabroso con la mano embarrada d pulpa de tamarindo.
El zapoteco, el mar que se oía en época de calor. Y la gente mayor decía “que el Tiempo se estaba preparando”. Y luego la lluvia torrencial, que el río volvía turbulento arrastrando árboles y en alguna ocasión en la rama que sobresale del agua en remolino, hasta una serpiente se podía ver q se movía enroscándose hacia arriba.
Fue pues el zapoteco, lo maravilloso del mundo natural en que crecimos que nos dio una visión entera del mundo. Cada quien llegó a valer por 2, al hablar también el español. Para los que pasaron su infancia en una Ciudad y sólo hablaron el español, y no conocían una laguna, el mar, un árbol de guanabana. Su visión del mundo es limitada.
Imagínense para los niños que fuimos a ver aquel cocodrilo enorme amarrado con reata a La Plancha d la casa d tejas en la Séptima Sección! La cola quebrada negra de aquel animal que se extendía en el piso pegada a la pared de la casa.
O los que fueron al circo Pascualillo Hermanos. Ver! Aquel simpático payaso Julián y Pepe su hermano. Su voz quebradita, actuar con naturalidad y sin grosería. Nunca buscando aplauso ridiculizando algún niño del Público. Todo blanco y natural…
No había necesidad de comprar juguetes. Había trompo q se mandaba hacer con el carpintero Cándido Carrasco en Cheguigo. Y uno mismo le ayudaba dando vuelta a la rueda para el torneado. Y luego llevarlo con el herrero Ta Huillo o Ché Auró’ra’ de la calle 5 de Mayo.
No había Kinder, en tiempo más remoto, la maestra Rosa Escudero enseñó La Cartilla de San Miguel, debajo de un enorme árbol de almendro.Ella vestida diario de huipil y enagua con holán y una mascada de seda que cubría su espalda. Cada niño llevaba su silla al inicio.
Los que así vivieron su infancia, los que vieron una noche estrellada, los que comieron en aquella cocina donde se cocía con leña y sarténes de barro. Lo que oyeron, olieron, incidió en su vida de adultos porque: ” La infancia es destino”.

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