El urbano uno y dos lucen aun, sus colores blanco todo y de franjas amarillas. Están ahí, en el barrio reposando bajo la sombra de unos morros. Cansados y obsoletos. Fue a fines de los 70s en que aparecieron.
El señor costa Robles fue el de la ingeniosa idea y propietario del servicio urbano. Empezó con un autobús grande posteriormente introdujo a este servicio de transporte, una “micro”, que se popularizo como “urbanito”. El recorrido del servicio iniciaba en el centro, y se dirigía a Marilú.
Pero antes ya había madrugado. A las cinco iba a pagima. Por la tarde de vuelta de pagima al urbano acompañaban costales de limones, racimos de cocos, papayas, sandias, melones y plátanos.
Lo que el campesino juntaba del terreno. En el transcurso del día, una vez que transportaba a niños a las escuelas, el urbano se abarrotaba de tinas y bandejas de ropa que paraban bajo el puente o arroyo chile.

Ahí lavaban y siguen lavando paisanas. Tomarse un buen chapuzón en el rio era cosa cotidiana pues, el urbanito no fallaba.
Los trabajadores de la empresa de mármol favorecidos con “moderno” y necesario transporte. Los pobladores de la colonia Marilú, igual. Viejos, jóvenes y niños todos en el urbanito cabían. “apúrate na, ya mero, viene el urbanito”. ¡Huff! Tiempos aquellos. Todo por servir se acaba.

