LA CONFUSIÓN

Cuentan los historiadores de los zapotecas que en un ángulo del principal de los panteones de aquella raza, en Yobaa, que quiere decir dolor y por extensión sepulcro y cementerio, había una profunda cueva, la entrada cubierta con una enorme piedra, la cual era movida cuando se celebraban los entierros de los grandes señores y ocurrían los sacrificios, para arrojar por ella el cuerpo de las víctimas inmoladas en aras de terribles deidades.

 

Hay quien diga que aquel subterráneo tenía más de cien leguas de extensión y hay quien lo reduzca a no más de treinta. Pero es el caso que a semejanza de la piscina evangélica, la cueva fue incorporándose poco a poco a todo lo que se relacionara con la religión, la vida y la muerte zapotecas. Así, cuando alguno, desesperado de la miseria, de la enfermedad, del ejercicio de vivir, renunciaba a la tierra y anhelaba el descanso, por aquella puerta se encaminaba a un supuesto sitio de delicias y bienaventuranzas, una vez implorada y alcanzada la licencia de sus mayores, de los binigulaza que allí ejercían su ministerio.

Hay, errando en la tradición oral, dispersa en el viento y en los libros, muchas afirmaciones acerca de la existencia y del lugar donde esta cueva estuviera. Una página de la tradición la finca en Guixiguía, cerca de Xaguixi, nombre antiguo de teotitlán, que en mexicano significa lugar de dioses; pero es lo cierto que todo la alude, ya en forma precisa, como en las crónicas, ya en las sílabas inconexas de la fábula. Y ella cuenta que por esa cueva desaparecieron los hombres, las aves, los animales de toda la creación cuando ocurrió el día, la otra dimensión del siempre, el dziguela –día y noche-: la eternidad zapoteca. En aquel entonces, cuando el tiempo todavía no era, pues sólo la noche existía, hubo sobre la tierra muchos seres que hoy ya no existen, ni si quiera en el recuerdo. Y que la luz fue hecha de pronto y que los hombres y las aves y los animales, no acostumbrados a ella, buscaron la noche en las entrañas de la tierra. El subterráneo debió tener cien leguas de extensión y el éxodo debió ser muy largo; durante él algunos hombres se convirtieron en monos y en ídolos que en la lengua antigua y en la de hoy se dice gola o golaza, porque así se llamaron los hombres a quienes representaron; los animales y aves se transformaron en especies nuevas algunos, y otros desaparecieron. Y el tiempo que ya existía comenzó a correr …

Pasaron los años. Vino la conquista y con ella el cristiano y su palabra. Las fábulas indígenas, misteriosas y sutiles, se maridaron con los apólogos y los enxiemplos castellanos y fue como si el río de la imaginación ibérica se vaciara en el río de la imaginación zapoteca. Y mezcladas sus aguas, sus arenas y sus astros, no se pueda ahora supurarlas, y también porque tienen curso subterráneo. Las flores, los animales, los hombres, las aves, todos aprendieron español. Y al séptimo día de la llegada de los misioneros el indio complicó con el aprendizaje del nuevo idioma, sus ritos, su tradición, su mitología. Y la torcaza que cantaba su soledad en las diversas lenguas indígenas de Oaxaca canta ahora en tierras de Ixhuatán: “ Sola estoy, sola estoy, solita estoy.”

Y en el silencio del mediodía de las canículas sus palabras se siembran en nosotros, en una renovación de las tinieblas de la cueva por donde la torcaza perdió a la madre. Y muere de xilase. Dzilase: dzi, día, lase, yase, negro, es decir, de melancolía, de que suelen morir hasta hoy los huérfanos zapotecas.

*Tomado del libro: LOS HOMBRES QUE DISPERSO LA DANZA
Autor: Andrés Henestrosa
EDICION CONMEMORATIVA DE LOS 50 AÑOS DE SU PUBLICACION Y DE LAS BODAS DE ORO LITERARIAS DE SU AUTOR.

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