La cigarra y la iguana


Se encontraron un día caluroso de abril, a la hora en que todos los pozos abren la boca para tragarse el sol, en lo más espeso del monte, la cigarra y la iguana. He aquí a dos animales famosos. La iguana por su capacidad de resistir la sed y el hambre; la cigarra, constructora, esposa de carpintero, que en ese tiempo asierra un árbol que no acaba de caer; y en la tarea se rompe y muere, y al morir clava las uñas al tronco y allí se queda como escama, como cáscara, hasta que los niños la desclavan para ensartarla. Y las mujeres y las niñas del pueblo las hacen como collares.

La iguana dijo:
–Apuesto a que resisto más tiempo que tú la sed y el hambre.
–A que no – respondió la cigarra, interrumpiendo su labor.
Juntas, una de lado de la otra, buscaron las cáscaras de un árbol para depositar la apuesta.
Después, en un tronco hueco. La iguana dijo:
–Me esconderé en este hoyo, y tu cantarás en la entrada: así tendré la seguridad de tu presencia.
Y la cigarra soltó el hilo de seda de su canto, que fue amontonándose al pie del árbol hasta que vino la muerte con sus tijeras a cortárselo.
–He ganado la apuesta—dijo la iguana.
Y en el hoyo se hizo arco; asomó la cabeza, pero vio a su contrincante adherida al tronco.
–No es cierto que este muerta; sólo está cansada—dijo.
Y estuvo observándola hasta morir.

*Tomado del libro “Xcuidihuini, Leyendas Zapotecas” /Autor Andrés Henestrosa /Maporrua/México D.F./3ª edición 2014

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