El barrio de la nostalgia

La magia imperecedera de los días de la infancia, se han ido en mi memoria. Evoco los días pasados como si hubiesen ocurrido ayer y las imágenes llegan atropellándose por querer ser las primeras en aparecer. Esta casona antigua, guarda en su memoria como un eco reverberante los cientos de voces aquí pronunciadas al calor de los juegos y el contar de historias fantásticas. “Los hijos de tía Mercé Silvano” eran los imanes atrayentes para el cumulo de chamaquitos que merodeábamos los alrededores en busca de un mundo que sabíamos que existía y había que descubrir: el mundo de la fantasía.

Yo, confieso que, pese a mi corta existencia, sabía que contaba con el salvoconducto de mis seis años y mis ansias por estar entre la bola, entre la chamaquitada. Como una especie de minusvalía se me consideraba como el más biuchito del grupo al que había que cuidar para no ser atropellado por el tropel de las carreras.

Los juegos siguen rodando en mi cabeza, aún no he podido bajar un pilar para ver a doña Blanca, me han dicho que no está ahí, que se ha ido, pero yo insisto en bajar un pilar para ver a doña Blanca, me quedé pensando en las cebollitas pegadas a los horcones que nunca pude despegar, porque de inmediato alguien gritaba “cierra, cierra bien tu mano pa’ que no lo coma el comején”, pero de inmediato escucho una voz femenina, quizá es Tita de tiu Sabino que dice “el patio de mi casa es particular, se llueve y se moja como los demás”, volteo a verla y pregunto si en verdad va a llover en La Venta, nadie me hace caso, pues todos han formado un circulo y cantan “ a la rueda, a la rueda de San Miguel”; la rueda se desintegra para armar los equipos que jugarán al encantado: “soy buen jugador” dice uno, “soy otro” dice el otro, “venga fulano” “venga sutano”, así hasta que quedo solo como huérfano sin equipo y alguien se apiada de mí y casi me arrastra del brazo y dice “ven pa’cá’ chunco, pa’ algo vas a serví”.

“¿Y si jugamos al de matarile rile ron?” preguntó al viento, que es el único que me hace caso, ya que a nadie he podido dar alcance en las carreras del encantado, de todas formas, sigo corriendo para donde se pueda, sin ton ni son, nadie me persigue, pues una presa tan pequeña a nadie interesa, termino jugando con un chucho color ladrillo que llega a chuparme el ojo del pie después del “somatón” que he llevado. Pese a la torcedura y con la ayuda del chucho logró alcanzar la meta: el poste de luz.

Después de un tiempo, el juego ha cesado, sentados en la banqueta unos, y en el suelo otros comienzan a contarse las historias más inverosímiles para estos tiempos, pero creíbles para mi corta edad, se habla de los “guichitas” que agarraron a “piedradas” tan solo el día de ayer, la “chuchaprieta” que revolcó a un borracho de allá abajo…la plática se ha puesto intensa que a los más biuchitos se nos inunda de miedo el cuerpo…y pedimos ir a nuestras casas.

“Vamo, ya me dió miedo, quiero ir con mi amá” le digo a Tita.
“Ya nos vamos, mañana volvemos a jugá”, así nos despedimos.
Al regresar al barrio de la nostalgia, cierto, todos se han marchado, pero todavía quedan las voces infantiles. Yo las oí…yo estuve ahí. Aun podrás oír claramente: “¡Ya nos vamo, mañana volvemos a jugá!”

*Tomado del libro “Historias Dispersas, La Tierra del Viento III”/Autor: E.O.C. (El Mayor)

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