El frío de hoy

A esta hora de este lunes 23 de diciembre, que todavía no son las 7 de la mañana; ¡qué frío! Hace. Tuvimos en días pasados un aironazo, parecido aquellos que azotaba el Istmo hace 50 años.

Lo que dimos por llamar “Vientos de Octubre”, que coincide con el título del libro de Javier Meneses Degyves. Donde cuenta la vida de aquel médico japonés, que llegó en la estación de ferrocarril en 1920, con su esposa, que era una mujer menudita. Una carreta transportó a la pareja al Centro de Juchitán; buscaron casa, se instalaron detrás de la iglesia Sn Vicente. El médico Takeo Takahazi, vivió entre nosotros 20 años. Se adaptó a nuestras costumbres y tradiciones; al curar al primer niño que le había mordido un perro; la gente le tuvo fe y confianza. De ahí pa’l real, Takahazi por aquí, Takahazi por allá. Iba a bodas que se celebraban entonces los domingos. A los nueve días, de algún finado. Bailó sones, bebió mezcal. Hasta mujer teca tuvo, procreó hijos con ellas. Por eso hasta hoy llegamos a oír de médicos de apellido Takahazi.
Pasaron 20 años, hasta que llegó la segunda guerra mundial; este conflicto bélico entre bloques de países; por un lado: Italia, Japón, Alemania… Y por el otro bloque: EU, Francia, Rusia. Se enfrentan en ese año del 40; y aquí en México se ordena a los extranjeros residentes, como japoneses concentrarse en Perite Puebla. Es así que Takahazi, tuvo que abandonar Juchitán.
Los tecos no querían que se fuera. Algunos llegaron a usar sus influencias para impedir que él abandonará Juchitán; no se pudo. Y un día se tuvo que ir, el pueblo entero en manifestación lo acompañó a la estación; le ofrecieron que viajara en el primer taxi, que manejaba Ignacio Santibáñes; no lo aceptó, prefirió caminar acompañado por la multitud. Ya a bordo del tren sacudió su saracof , que siempre traía puesto para protegerse del intenso sol. Es así que se despidió para siempre de Juchitán, donde vivió feliz 20 años. Dejando amigos, hasta un ayudante suyo que aprendió medicina práctica con él, Herón N Ríos se llamó. Que cuando fui niño, curaba enfermedades de la piel, jiote por ejemplo y llegó a patentar una pomada que se hizo famosa en el Istmo, llamada Mercurin; pensé que solo en el Istmo se vendía en las boticas, ¡no! Porque Tarú (Manuel) Musalem me cuenta que una señora en Ensenada California, le mostró la pomada en su cajita de madera, que la había comprado en los EU. En fin amigos, lo que El viento se llevó. Disfruten su día, ¡cuídense! Con este frío, coman en abundancia cítricos, la mandarina que es su época, junto con zapote negro, y chicozapote. Suerte! Mis amigos, que tengan una Feliz Navidad, deseo de su amigo Armando Jiménez.

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