Miguel Saynes Sánchez

Nació el 8 de mayo de 1946, tenía él 10 días de nacido cuando ocurrió aquella muerte de nuestro tío Cecilio Sánchez de la Cruz, un joven trabajador, que todavía no entraba la luz del día ni siquiera se divisaba entre los resquicios de la puerta cuando él ya había ensillado su caballo para irse al campo a laborar, a ordeñar, dar de comer a los animales.


Hizo abundar sus animales; todo era prosperidad en su casa, en la casa de sus padres -don Amado Sánchez y doña Antonia de la Cruz-; ahí vivían en el callejón de Los Rosales atravesando Mina. Cómo en la vida todo es paradójico, es decir: de la alegría a la desdicha; de la pobreza a la riqueza, del amor al desamor: luz – oscuridad, bien y el mal, lo negro y lo blanco: “La suerte de la fea, la bonita la desea”.
La paradoja está pues formada de dos partes dijera el maestro Andrés Henestrosa: “consta de una parte falsa y otra verdadera”. Es decir, una parte material y otra espiritual. Por eso cuando sé es feliz, ¡cuidado! con la tristeza que luego vendrá, para que se cumpla lo paradójico que en sí es La Verdad. Por eso la vida como rueda de la fortuna: Un instante arriba y luego para bajo. La verdad es paradójica consta de esas dos partes. Donde para mí alcanza su definición cumbre es cuando referimos a la materia: es Onda y Partícula: una parte se ve y la otra es invisible.
Amigos les decía que nuestro tío Cecilio aquel hijo de nuestro abuelo don Amado -porque Miguel Saynes es hijo de mi tía María, hermana de mi madre -; a la vez ellas, Cecilio era su hermano menor. Que el sábado 18 de mayo de 1946 yendo como siempre temprano a sus labores del campo; la noche anterior a este fatal sábado, sus amigos le mandaron a decir que ya estaban reunidos en la casa de Luciano Xheeme, ahí estaban ya Aurelio y los otros que formaban el grupo de amigos “¡Ay! Jalisco no te rajes”. Él dijo que lo disculparan que no iría. Él en esa noche daba vueltas de un lado a otro en la hamaca mientras un ave de mal agüero con su canto cortaba como tijera un lienzo negro en medio de la noche. Todo esto ocurre en el callejón de Los Rosales. La fiesta en la que se negó él ir, estaba al fondo del callejón de Los Rosales en la casa de los Xheeme.
Bien, al día siguiente se fue temprano a sus labores del campo. Entonces la carretera Panamericana ya había llegado a Juchitán procedente de Tehuantepec, de la Ciudad de Oaxaca. El puente de fierro lo estaban remachando en ese mayo de 1946. El próximo sábado 25 sería “La Vela Cheguigo”. Mi madre Na Chión Chemáadu estaba por terminar de bordar su traje en bastidor, su huipil y enagua para estrenarlo en la Vela. La noticia llegó del campo y corrió como un alarido en Cheguigo: ¡Murió Cecilio!! Cecilio hijo de Ta Maádu…Un avión lo mató. Era el 18 de mayo de 1946. Mi familia quedó en luto y por muchos años y Miguel Saynes mi primo tenía 10 días de haber nacido. Este fatal acontecimiento apareció en los periódicos nacionales. Así lo oí compartir un amigo francés de don Aurelio Gallegos, profesor emérito de La Universidad, cuando presentó su libro en Coyoacán, y fue cuando el francés recordó que ese día había llegado de París y que la noticia él la leyó en el periódico lo que le pareció, y al mundo una muerte tan insólita. Un aeroplano de la base militar de Ixtepec que descendió tanto sobre el terraplén de la carretera en construcción, que Cecilio tal vez impactado por el aparato no se dejó caer al suelo, rodar hacia bajo del borde de la misma. Dicen que su acompañante mientras atravesaba la carretera caminando: aquel le gritó: ¡Túmbate! Cecilio, túmbate…
Una vez saliendo del cine del Centro Cultural Universitario, como si dijeran ve aquel edificio alto, era la hemeroteca de la UNAM. Me fui ipso facto ahí. Pedí un periódico; sólo que antes pedí al señor del mostrador qué periódico podía tener información sobre un accidente así azá. Me dijeron el título y les dí fecha y año.
Bien, amigos; hallé la noticia que entre otras la culpa del piloto que cometió el crimen por haber descendido tanto su aparato. Y lo que más me llamó la atención que la comunidad chegueeña se vistió de luto: ” Cuando alguien muere, no sólo él muere, muere también parte de nosotros”. Esto ocurrió sobre la carretera a la altura de “Pepe y Lolita”, un sábado 18 de mayo de 1946. Ahora con profunda tristeza les comparto que mi primo Miguel Saynes Sánchez con quien crecí, me abrió los ojos al mundo y compartió la nieve, las canicas, su dinero que siempre cargaba. Todo lo compartió con todos: un hombre bueno, noble, generoso con una sonrisa siempre y hoyito en la mejilla; con brillo de alegría en sus ojos que fueran de color café profundo y claro. Murió el domingo 2 de agosto un poco más de las 2 de la tarde. Descanse en paz mi hermano tan querido. Gracias. Buen día. ¡Cuídense!

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