Los días de mayo pasaban secos, y en el campo, las lagunas disminuían sus aguas. San Vicente retenía la lluvia en el cielo y el sol ataba la sed en las gargantas. Un día, el más caluroso, y después de largo paseo por el bosque, un burro joven bajó a la laguna cercana para beber agua fresca. Cuando el líquido agradable mojaba apenas sus belfos, oyó un gemido que rompía el silencio de aquel sitio escondido. A su lado, y a unos cuantos pasos, se retorcía en el lodo un lagarto, con el peso de una gran piedra en la cabeza. El dolor y la desesperación le arrancaban gemidos.
Todas las bestias sienten miedo al lagarto. Pero esta situación angustiosa llenó de compasión al burro, quien olvidándose de su sed, se acercó al saurio para ofrecerle ayuda. Este le rogó que lo salvara despojándole la piedra. Así lo hizo el burro. Ya libre el lagarto. Le suplicó que lo llevase más adentro, donde el agua no se secaría pronto.
Bueno de corazón y viendo al lagarto mal parado, quiso el burro completar su acción y lo cargó sobre su lomo cenizo.
Ya el agua mojaba las rodillas del burro y el tosco reptil permanece montado. Avanza, avanza, y el agua cubre las patas del saurio. Entonces el lagarto recobra su trono. Él es el señor de las aguas y olvidándose de su miseria pasada, amenaza al burro con la muerte. En vano suplica correspondencia el pobre animal. El lagarto no cede porque padece hambre.
–Bien–dijo el burro—esperamos que un tercero decida la contienda. Si opina que mi servicio merece la muerte, sufriré el castigo; pero si dice lo contrario, me dejaras libre.
–No quiero parecer despiadado a tus ojos. Acepto tus palabras –contestó el lagarto.
Lentamente arrastrando apenas los cascos pesados, se aproxima a la orilla del agua un viejo y flaco caballo. Costras sanguinolentas indican sobre su lomo la existencia de profundas heridas. Un poco de agua fresca bajo el sol de fuego, es lo único que interrumpe su desdicha.
Temblando de miedo, el burro le relata su pena.
–¿Qué opinas?
—Que te devore. La gratitud no existe. De joven aumente la gallardía de mi amo en los paseos y le conduje temprano a sus labores. Ahora, viejo y agotado, me ha echado de su casa a palos.
El lagarto se aprestaba a devorar al burro. La suplica de éste le enternece:
–Esperemos otra opinión.
Con el alma muerta, un buey robusto busca agua en la laguna, bajo las verdes y anchas hojas. Tras oír la queja del asno dijo:
–¡Qué te devore! La ligereza de mi juventud sirvió para labrarle a mi amo sus tierras. Hoy, ya viejo, seré conducido al matadero y el frío cuchillo lamerá blandamente la carne tibia de mi cuello.
Una nueva suplica detiene al lagarto por última vez, seguro de otra respuesta semejante.
Sobre el sendero cubierto de césped, descubre su cuerpo pequeño el conejo. Sus saltos constantes le ponen muy pronto al borde del agua, donde recoge la queja del burro.
Recurriendo rápido a su astucia fecunda dijo:
–Me es imposible opinar sin presteza; pues temo ser injusto. Vayamos al lugar del suceso y su reconstrucción arrancara mi opinión acertada.
Convencido de la razón, el lagarto fue llevado por el burro al sitio primero.
–Estírate bien sobre el lodo—dijo el conejo–, y tú, burro, colócale la piedra sobre la cabeza.
Tímidamente obedeció el asno el mandato.
–¿Así te hallabas, lagarto?—preguntó el conejo.
–Sí señor.
–Entonces, burro, déjalo así.
*Tomado del Periódico NEZA/Órgano Mensual de la Sociedad Nueva de Estudiantes Juchitecos /Octubre 1935/México Distrito Federal.
Escribe un comentario
